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Anaantropóptica

 

Santiago Mora

Del 17 de Julio al 17 de Agosto

 

Mirada que retorna al mundo no desde el yo, sino desde la red de conciencias compartidas.

¿La mirada humana es el centro del mundo?

Estas siete pinturas al óleo y acrílico detienen escenas donde lo humano, animal, vegetal e industrial coexisten en tensión: una silla monobloc se deshace en medio de una jungla nocturna, azotada por el flujo del río; una araña saltarina en el muro nos observa desde una esquina, mientras hormigas rojas marchan al costado de un zapato. En cada imagen se revela una fricción entre escalas y presencias: lo íntimo y lo cósmico, lo ínfimo y lo devastador.

Se evoca lo que el filósofo Timothy Morton llama ecognosis: una forma de conciencia que no observa desde fuera, sino que reconoce la maraña de relaciones en las que estamos inmersos. No se trata de conocer el entorno, sino de dejar que el entorno se haga presente a través de nosotros.

La tecnósfera —ese sistema hecho de recursos explotados, objetos obsoletos y estructuras de control y exclusión— aparece aquí erosionada, habitada por formas de vida marginales. Insectos, plantas y arquitecturas que no son fondo, sino protagonistas de una narrativa sin jerarquías. Lo humano como verbo en pretérito: descentrado, vulnerable, fantasmagórico.

En una de las escenas, un pendón colgado en la pared dice en japonés yume no yume — “ el sueño en el sueño” —, invitando el relato de una conciencia no productivista, una percepción liberada de la vigilia capitalista. La escena, bañada en luz de atardecer,nos invita a transitar el mundo de forma más lenta, compasiva, atenta. Como dice Shuntarō Tanikawa: “ perder las palabras para ser un árbol que canta en el viento”. Apagar el celular es el sueño el que escapa de todo algoritmo. Es un acto insurrecto.

Aparece también una inscripción: Et in Arcadia ego, grabado en el respaldo de una silla y en la fachada de un monolito decadente. Sin nostalgia, como recordatorio. Incluso en el paraíso — o en lo que alguna vez lo fue— la infinita transformación de la materia está presente desde el conglomerado de conciencias interrelacionadas que nos conforman.

 

Anaantropóptica es una invitación a visualizar desde los recovecos de la habitación. Si miramos una planta encontramos un arácnido de ojos gigantes que también nos observa: en el cruce de miradas y sonrisas recordamos que, en el cosmos, por un microinstante, la conciencia se comparte.