Flora intestinal
Marina Daiez
Curaduría por Marcela Chao
Hay mundos difíciles de digerir. Relatos que llegan por los ojos, los oídos, la boca y la piel, discursos que se introducen en el cuerpo hasta volverse materia, síntoma y cansancio. Frente a ellos, el organismo desarrolla sus propias estrategias, descompone, transforma, absorbe y desecha. El sistema digestivo procesa, separa y encuentra, incluso en lo tóxico, aquello que todavía puede nutrirlo. Las flores nacen del abono de las ideas procesadas.
Marina imagina un mundo atravesado por el duelo de aquello que termina y por la posibilidad de que ese final sea también el comienzo de otros mundos. Un mundo enfermo, sometido a una lógica de devastación que privilegia la acción sobre el
cuidado, la explotación sobre la reciprocidad y la economía sobre la vida. Frente a esta pulsión de muerte aparecen otras formas de relacionarse con lo existente: detenerse, escuchar, sentir, recoger y cuidar.
En un contexto hiperestimulado, cerrar los ojos puede ser una forma de resistencia.
Cuando el relato dominante se vuelve insoportable, la imaginación abre un umbral entre lo real y aquello que aguarda ser revelado. Bajo la sombra de los ombúes, cuyas raíces pueblan las cabezas, la sensibilidad encuentra refugio y las ideas
vuelven a germinar. La suavidad, la ternura y el cuidado aparecen como fuerzas capaces de desmantelar el Tánatos. La descomposición se convierte en abono, el duelo, en materia fértil, la enfermedad, en una forma de percibir la fragilidad y la finitud. Desde
ahí, la imaginación abre posibilidades para cultivar otras formas de existencia.
Las praderas del ocaso son el territorio donde termina un mundo y comienzan a germinar otros. Allí, entre la melancolía de lo que desaparece y la promesa de lo que aún no existe, Marina encuentra en la sensibilidad una forma de transformación
y en el cuidado otras posibilidades de futuro.
Texto por Marcela Chao.