Ananás: La historia de una excelentísima fruta
Diana Barquero
Texto curatorial de Natalia de la Rosa
Ananá, piña, abacaxi, matzatli son algunos de los nombres con los que se conoce a esta fruta originaria del sur americano. A su llegada, los conquistadores señalaron la importancia de estos alimentos para las comunidades amerindias y otras más que poblaban estos lares, como lo demuestran vasijas y otros restos materiales encontrados. Existe una extensa iconografía sobre las Ananas comosus, según la designación científica derivada del guaraní, que distingue la inigualable cáscara escamosa y las fuertes hojas en forma de corona espinosa. El uso regular por parte de los viajeros de este referente inició con las primeras crónicas destinadas a mostrar las riquezas del Nuevo Mundo, y, como nos recuerda esta exposición, ha continuado de forma generalizada en productos que prometen con una fuerte retórica, no muy lejana a las referencias históricas, la posesión y beneficios de un producto local, ya sea desde la cultura visual del consumo como por el mismo arte etiquetado como latinoamericano, al ser imágenes hechas para saciar el gusto colonizador. En el conjunto aquí presente, el exotismo es desplazado por un análisis material ante la vida, ya que este otro régimen de mirada repiensa los procesos y repercusiones sobre la tierra desde varias capas.
Desde lo alto de una estructura, un ser monstruoso, una plaga llamada coloquialmente el Picudo, es testigo de las acciones sobre un terreno específico. En este puesto de vigilancia, el protagonista de nuestra historia es capaz de observar y ser partícipe de un paisaje fragmentado. Su visión atiende a un punto de enlace entre dos cosas concretas (la ficción y la realidad, la naturaleza y lo artificial, lo artístico y lo científico). Se trata de una mirada no-humana, efectuada por un organismo resultado de procedimientos externos (y extremos) sobre un suelo antes diverso.
Aquella obra del pintor holandés Frans Post, que registra parajes del nordeste brasileño con fines comerciales, bajo el resguardo del Picudo, reaparece incompleta, con vacíos que dan cuenta de la ausencia de una gran variedad de especies. La particularidad de la imagen original recae en que Post conjuntó plantas europeas y africanas (de colonias también holandesas) con las autóctonas brasileñas, como una suerte de defensa y orgullo imperialista. En cambio, en esta versión saqueada y mordisqueada, ha perdido el gran repertorio vegetal y animal. Lo mismo pasa con la naturaleza muerta de Albert Eckhout, otro autor que, además de las pinturas etnográficas de los Tapuyas, pintó una serie de naturalezas muertas, como sucede en esta obra, en la que la piña solía convivir con otras grandilocuentes frutas, y que ahora permanece sola ante el saqueo y exploración.
Un grupo de individuos acéfalos, con ojos y bocas en el pecho, custodia una tríada de falsos tesoros: Honey, Pink y Ruby Glow. Este conjunto de personas protagoniza la promoción del cultivo industrial de la piña y la desregularización del uso de agrotóxicos en Costa Rica: Freddy Solís Rivera, de la Distribuidora Inquisa y ASOAGRO-CR; Álvaro Sáenz, empresario coordinador de las comisión regulatoria agrícola nacional; Juan Rafael Lizano, promotor de la flexibilización de la venta de agroquímicos; Jorge Cartín, también parte del gremio que agrupa cámaras agrícolas y a la industria agrotóxica; y Román Macaya Hayes, empresario representante de la industria de genéricos que promueve desde la política la venta de genéricos dañinos. A manera de blemios o ewaipanomas, es decir, seres que autores como André Thevet o Walter Raleigh retrataron con exageraciones fantasiosas en los libros de viaje, estas figuras encarnan una deformidad y rareza con fines de engaño. Se presentan como protectores de un territorio, cuando en realidad lo entregan a corporaciones para una extracción sin marcha atrás. Este mismo sentido de artificio y reapropiación se confirma en un mural que ostenta los beneficios de estas prácticas a través de una audaz propaganda, la cual utiliza sin tapujos el imaginario de una comunidad para ocultar las consecuencias de una voraz práctica.
Diana Barquero (San José, 1986) ha estudiado por varios años el enlace entre las construcciones visuales iniciadas durante la Conquista, en comparación con los usos contemporáneos de este potente símbolo. Desde una investigación centrada en la agroeconomía de la explotación, Barquero demuestra cómo la violencia de la plantación resulta un patrón constante para el colonialismo, que ha sido actualizado con total agresividad. El sistema que se revela es el de la botánica como arma científica, en el que la extracción de plantas está relacionada también con un despojo de tierras y de personas, pero también con la aparición de otro tipo de pequeños, pero importantes, personajes. Desde una narrativa que retoma el sentido híbrido de las descripciones de los viajeros europeos en América, estas obras develan estratos profundos de la agricultura capitalista, la cual se encuentra en una fase centrada en los monocultivos y el desarrollo de transgénicos. Con ello, exhibe las condiciones y repercusiones de estas injerencias, a partir de un lenguaje simbólico que forma parte de la historia visual y cultural de la piña, al mismo tiempo que da un giro a una simbología en su relación con diversos procesos químicos. Al retomar los grabados alegóricos del encuentro con los originales y los bodegones holandeses, la artista es capaz de entender que aquellos artilugios sobre las colonias se renuevan en sofisticadas cajas, como promesas que ocultan el verdadero sentido de tal producción, al sostener una economía tóxica que, tras un control e intervención, quema todo a su alrededor y sólo deja las huellas carbonizadas del fruto.
Natalia de la Rosa