Hot Dogs
Betty Árbol
Texto por Danielle Franco
DOG’S GYM es en parte pesadilla ácida con un dejo de nostalgia a Joe Gold y sueño húmedo de una juventud furra contemporánea, esa que creció entre programas de César Millán, coreando el “¡Qué perra mi amiga!” de La Pajarita, entrándole recio al perreo y ahora a esta sobredosis de proteína en polvo servida en cuenco metálico al suelo por Betty Árbol.
Inspirada en la gráfica popular, esta pasarela de cuerpos -digna de la federación de fisicoculturismo o de cualquier exposición cinológicaresulta en un ejercicio de zoo-antropología pop que disecciona la autoexplotación del insulto y el empoderamiento al ser nombrada PERRA. Dicha utopía peluda reúne en el templo del físico a: La Chorgi, La Impostora Alemán, la Rot Boiler y la Salchipapa, entre otras criaturas entaconadas, predadores del clan de las gatichinas, concebidas no para la caza o el pastoreo, sino para la dominación erótica o poncharse en las barras del parque más cercano. Al igual que nosotras, no luchan por un ideal, sino por algo más visceral: la validación en un mundo que nos pide ser Lassie y Schwarzenegger al mismo tiempo.
Las divas caninas no se conforman con ser “buenas muchachas”; esculpen sus cuádriceps con devoción. Sus cuerpos humanizados, coronados por orejas puntiagudas y hocicos sudorosos, capturados en trazo, pincelada, cerámica y hasta impresión 3D, son el campo de batalla final de las que ladramos y no buscamos nuestro premio en seguir royendo el mismo hueso viejo, ni en la aprobación de un jurado de machos alfa quiénes, irónicamente, hoy llevan puesta la correa al cuello.
El babeante hocico entre colmillos y brillo de labios muerde con fuerza e ironía ¿Acaso no revelan la forma más literal de domesticar a la bestia y criar al ganado? Este es el producto final de un adiestramiento obsesivo donde la fuerza, la raza y la belleza determinan a la mejor de la camada.
El pedigree de estos canes le ladra con insolente familiaridad a Mapplethorpe, arroja una voraz mordida a Helmut Newton y deja a Tom of Finland con ganas de mudarse a Tijuana a ponerse al día con lo que una cachorra Betty Árbol ya sabía desde antes de amaestrar a la jauría. Que las verdaderas perras –en palabras de Lemebel y Preciado– somos proletarias del ano y del deseo. Nuestra contrasexualidad revela la naturaleza del poder como prótesis del placer siendo así nuestra propia medalla al mérito canino.
Honremos la perra mamada que todas llevamos dentro: un espejo deforme, peludo y con uñas de gel que nos devuelve nuestra propia mirada. Esa que entiende que el juego es sucio, las reglas las pone quien gana y el hueso más preciado es la propia liberación, por grotesca y contradictoria que sea. El mundo es de las que sabemos sacar el colmillo, y si la vida es como en el gym, más vale ser la perra más fuerte, elegante y deseable. El trofeo no es una copa, sino la constatación de que, al final, todos –humanos, caninos, híbridos– estamos compitiendo en el mismo certamen del deseo.
Danielle Franco
