Un jardín propio
Alan Hernández
del 2 de febrero al 15 de marzo
Venus victrix verticordia
Todo estaba callado cuando debajo de la cama, de pronto, nació una laguna. Lo supe porque los vapores celestes se colaban entre las cobijas y tuve miedo de mirar hacia abajo, miedo de ser yo misma la creación de esas aguas. Porque no recordaba quién era ni de dónde venía y mi único recuerdo era esa cama. Me sentía nueva y profundamente sola como nacida de esa laguna que destellaba como si fuera pedrería y no del vientre de una madre.
Tampoco tenía hermanas ni hermanos. O, al menos, al inicio no fueron visibles.
II
El sol brillaba bermellón y era tan hermoso que hubiéramos querido que fuera creación nuestra. Nuestras mentes podían inventar cosas bellas como esas, pero también terribles como nuestros ojos de bicho y estos cuchillos rasposos que nos crecen entre las patas y que añoramo enterrar en todo, en ese sol, en esta laguna, para preñar el mundo de cosas idénticas a nosotras.
Deseábamos desesperadamente embadurnar nuestros pistilos de esa sangre celeste, reproducirnos como bacterias y plagar el mundo de nuestra rabia. Y perfumarlo de manera floral, hasta que volviera a nacer de nuevo.
III
También inventamos flores que parecían mariposas, capaces de pensar como nosotras. El agua bullía cada vez que hacíamos nacer algo. Esas
rosas hechas de lengua, esa carne venenosa y amable que se frotaba y se lamía, aunque viniera del mismo cuerpo.
Esas rosas no necesitaban de nadie para darse placer. Yo fui su primera inventora, y a su vez, yo era invención de esa laguna cuyas aguas eran
insondables para mí. No conocía su fondo ni su fauna, y me limité al hecho sencillo de su contemplación.
IV
Sobre mí se aparean dos pájaros granate. Estoy sola de nuevo. Mis hermanas tomaron el mundo y me dejaron aquí. Apenas salieron, el afuera las consumió por completo. Confundí sus gemidos con su rabia y no pude ayudarlas. Ahora la laguna quiere mostrarme su entraña y no tengo nada que perder, así que me arrojo, vencida por la muerte de las otras, por la soledad, y un placer inaudito me recibe. El placer del origen, dedejar de ser yo, al fin.
No sé si mi cabeza ha dejado de pensar o si cae al suelo y rueda lejos mío. No me levanto, me dejo mecer por la espuma y el mundo comienza de nuevo.
Clyo Mendoza
