Mientras el dragón duerme de Mariana Palacios Maltos

Mientras el dragón duerme

Mariana Palacios Matos
Acompañamiento curatorial de Paloma Contreras Lomas

del 9 de abril al 20 de mayo

En “Mientras el dragón duerme” podemos observar una escenografía pelífera en donde quizás lo más sencillo sea imaginarnos el punto de vista de la artista siendo adolescente. Tendida en las texturas suaves de su alcoba, dentro de un castillo de cojines y pósters. Ahí, en la soledad que otorga el cuarto propio familiar, Mariana construyó distintos prismas alrededor del futuro, depositados en seres fantásticos montados en íconos pop dosmileros, que le mostraron posibilidades de una existencia más suave y tierna.  En esta muestra se invocan distintos espíritus: tías que bordan manteles para mesas miniatura que sostienen objetos sin intención, artículos del hogar que observan secretos de familia y sueños juveniles de color rosa, amistades que se antojan eternas, flecos al estilo emo, gloss, delineador negro y muchísimo pelo, simulando una arquitectura doméstica de cualquier living clasemediero mexicano, pero que no deja albergar algo fuera de lugar. Ahí, surge la misma extrañeza que nos susurra que estamos viendo algo familiar, pero que también, sin previo aviso, puede llevarnos a una dimensión desconocida dentro del sillón de la tele o del buró del recibidor.

La instalación de Palacios propone nostalgias donde la realidad era menos complicada, pero igualmente terrorífica. Horror que subyace bajo la bola de pelos que se atasca en la bañera, los que te obliga tu mamá a sacar de la coladera y que con suerte no traerán consigo algún demonio de la cañería. Ése mismo pelaje fue el que Mariana bajo su ritual de estética de la colonia, acondicionó, alisó y trenzó para mostrarnos su propia economía de los secretos, los cuales se convirtieron en adornos de casa que desbordan cursilería, pero que también contemplan en silencio cómplice. Ésta es la simulación de algunos artefactos de aquél cuarto infantil que deviene en púber, de una cotidianeidad que nos asfixia, pero quizás el último lugar donde nos sentimos con la posibilidad de soñar.

Lo bello es estremecedor.

Primavera 2026, Paloma Contreras Lomas

Penitencia de Belleza de cantina

Penitencia

Thania Díaz Belleza de Cantina
acompañamiento curatorial de Paloma Contreras Lomas

del 9 abril al 20 mayo 2026

Mi abuela Blanca Elena tuvo 11 partos. Mi mamá se llama Blanca Emma y le dicen Erika. Erika fue la quinta. Le dicen Erika porque a mi abuelo se le hinchó un huevo y después de tantos partos, y a la quinta Blanca, ya no importaba demasiado. La casa de cerámica colinda por el patio con la casa de Pancho Villa, ahí donde está el árbol. Matilde, mi tía quien fue el segundo parto de 11 y no se llama Blanca, tiene unos lentes originales de Pancho Villa. 

Como en toda familia mexicana, hubo un tío que le hizo firmar de manera a mi abuela las escrituras y al final se acabó chingando la casa y el rancho. Me gustaba mucho ir a esa casa a pasar los veranos, la recuerdo con mucho cariño e intenté repetirla pensando en que la violencia que había en ese momento en el norte del país, sobrepasaba las agresiones que vivieron esas mujeres que pasaron por esa morada de cerámica. Era preferible yacer en la barda que estaba al lado del Pancho Villa original, que salir a la masacre normalizada de esos tiempos. 

Mónica Ojeda dice que México es un país sadomasoquista. Las mujeres de mi familia lo confirman. Aunque recientemente he sentido que a mi mamá la salvaron los testigos de Jehová con eso de ser tan complaciente, con eso de andar contentando tanto pinche muerto. Como en la gran inundación que hubo en Parral en 2008, en donde los muertos del pueblo salieron de sus moradas para flotar entre los habitantes, entre los 11 partos, entre las 11 Blancas. Muertos flotantes que se aparecían como una profecía de lo que nos esperaba afuera de esa casa de cerámica. Escribo esto imaginándome que soy Thania en uno de esos veranos, en esa morada que era demasiado pequeña para nueve niños, porque dos se murieron, yo fui la décima que llegó mucho después. Éstas piezas son ramas que le crecieron a esas memorias, a esas violencias que traspasaron ésa misma casa que también viajó a la esquina del segundo cuarto de la galería. A la cual la acompañan piezas que simulan la promesa del castigo, qué es mucho peor que la penitencia. 

Escribo esto pensando que soy Thania, esperando la culpa heredada de esa madre 11 veces Blanca, de esos once partos que a veces se convierten en caras repetidas hasta el cansancio, juguetes anales y paisajes idílicos que luchan contra esa crueldad con la que crecí, con la que crecimos. Thania, Blanca, Matilde, Elena, Emma, once veces nacida, siempre migajera, nunca domesticada. 

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran soledad.

Primavera 2026, Paloma Contreras Lomas


Macehual, cantos de creación y memoria

Macehual:
Cantos de creación y memoria.

Mar Coyol

6 noviembre-18 enero

Mar Coyol realiza un acto de subversión y crítica a la tradición visual de los álbumes costumbristas y las galerías de tipos del siglo XIX, cuyo propósito era documentar y clasificar a los habitantes y sus oficios. A diferencia de los artistas viajeros, cuya mirada se centraba en la curiosidad europea por los elementos pintorescos de un paísconsiderado exótico, Coyol retrata la dignidad y resiliencia de personas de la comunidad LGBTTTIQ+ pertenecientes a las clases trabajadoras. De un modo semejante al Códice Florentino, Coyol procura dar voz y memoria aquellos que históricamente han sido relegados a los márgenes.

Al agrupar su serie bajo el término Macehual, no sólo exalta la raíz popular y la herencia anawaka de sus protagonistas, sino también su pertenencia a la base trabajadora, como portavoces de una opresión interseccional. Sus personajes confrontan al espectador con la compleja red de exclusión y violencia que atraviesa sus vidas, producto del cruce sistémico de racismo, sexismo, clasismo, transfobia y homofobia.

Cuando la moda y el diseño contemporáneo se apropian extractiva e indiscriminadamente de elementos estéticos y manufacturas ancestrales, ¿por qué habríamos de detenernos en el trabajo de una artista abocada al estudio de los símbolos de creaciones remotas? ¿Cuál sería el sentido de recuperar presencias ajenas al “desarrollo moderno”?

Las manos de Mar Coyol nos responden con decoro, al sostener un remo que no sólo impulsa el respeto por una serie de oficios como el del bogador de la ofrenda —la tlalmanalli—, sino que también nos invita a navegar a través de las tradiciones y los prejuicios que venimos activando a lo largo de nuestra historia.

Por ejemplo, más allá de ejercer su capacidad de producir para obtener una ganancia, una serie de orfebres deciden rescatar las raíces de rostros pretéritos, aparentemente olvidados. Es la expresión consciente, de una visión artística que decide retirarse las máscaras blancas o demoniacas, con que se ha intentado invisibilizar y ocultar a lxs representantes de lo diverso.

En un diálogo abierto y crítico con lxs artistas que reivindicaron la conexión de las culturas pasadas con la época actual, Coyol cuestiona los patrones con que se han configurado las visiones hegemónicas de la identidad laboral mexicana. Cuando enuncia que la “belleza está en nuestras raíces”, de un modo semejante al Códice Florentino, procura dar voz y memoria a aquellos que históricamente han sido relegados a los márgenes por alejarse de las normativas heterosexuales, tal es el caso de lxs cuiloni.

Al ingresar al tlaxcalchihuayolan, el lugar donde se hacen las tortillas, Mar Coyol no intenta regalarnos una mera escena cotidiana. En su lugar, realiza un acto de subversión a la práctica visual de los álbumes costumbristas y las galerías de tipos del siglo XIX, que pretendían documentar y clasificar a los habitantes y sus oficios. A la artista le interesa poner en relevancia los ciclos de creación y retribución antiguos, así como el valor del trabajo humano, especialmente la dignidad y resiliencia de personas de la comunidad LGBTTTIQ+, que se enfrentan a los estereotipados y excluyentes roles asignados.

El conjunto de parejas, en particular lxs minerxs, nos permiten comprender que al agrupar su serie bajo el término Macehual, Coyol no sólo exalta la raíz popular y la herencia anawaka de sus protagonistas, sino también su pertenencia a la maltratada base trabajadora; son portavoces de una opresión interseccional, corazones entristecidos por una vida marginada y violentada tanto en sus salarios como en sus afectos y sus orígenes.

Alzando un ataúd y un arreglo floral con la leyenda “nuestra existencia es imborrable”, sus personajes diversxs avanzan implacablemente para confrontar al espectador ante la compleja red de exclusión y agresiones que atraviesa y acaba con sus vidas, producto del cruce sistémico de racismo, sexismo, clasismo, transfobia y homofobia. Una situación por la que milenariamente trabajamos y enarbolamos cantos, para transformar así nuestro presente.

Carlos Segoviano