Marina Daiez: Flora Intestinal

Flora intestinal

Marina Daiez

Curaduría por Marcela Chao

Hay mundos difíciles de digerir. Relatos que llegan por los ojos, los oídos, la boca y la piel, discursos que se introducen en el cuerpo hasta volverse materia, síntoma y cansancio. Frente a ellos, el organismo desarrolla sus propias estrategias, descompone, transforma, absorbe y desecha. El sistema digestivo procesa, separa y encuentra, incluso en lo tóxico, aquello que todavía puede nutrirlo. Las flores nacen del abono de las ideas procesadas.


Marina imagina un mundo atravesado por el duelo de aquello que termina y por la posibilidad de que ese final sea también el comienzo de otros mundos. Un mundo enfermo, sometido a una lógica de devastación que privilegia la acción sobre el

cuidado, la explotación sobre la reciprocidad y la economía sobre la vida. Frente a esta pulsión de muerte aparecen otras formas de relacionarse con lo existente: detenerse, escuchar, sentir, recoger y cuidar.


En un contexto hiperestimulado, cerrar los ojos puede ser una forma de resistencia.

Cuando el relato dominante se vuelve insoportable, la imaginación abre un umbral entre lo real y aquello que aguarda ser revelado. Bajo la sombra de los ombúes, cuyas raíces pueblan las cabezas, la sensibilidad encuentra refugio y las ideas

vuelven a germinar. La suavidad, la ternura y el cuidado aparecen como fuerzas capaces de desmantelar el Tánatos. La descomposición se convierte en abono, el duelo, en materia fértil, la enfermedad, en una forma de percibir la fragilidad y la finitud. Desde

ahí, la imaginación abre posibilidades para cultivar otras formas de existencia.


Las praderas del ocaso son el territorio donde termina un mundo y comienzan a germinar otros. Allí, entre la melancolía de lo que desaparece y la promesa de lo que aún no existe, Marina encuentra en la sensibilidad una forma de transformación

y en el cuidado otras posibilidades de futuro.



Texto por Marcela Chao.

 

Ananá: La historia de una excelentísima fruta de Diana Barquero


Ananás: La historia de una excelentísima fruta

Diana Barquero

Texto curatorial de Natalia de la Rosa

Ananá, piña, abacaxi, matzatli son algunos de los nombres con los que se conoce a esta fruta originaria del sur americano. A su llegada, los conquistadores señalaron la importancia de estos alimentos para las comunidades amerindias y otras más que poblaban estos lares, como lo demuestran vasijas y otros restos materiales encontrados. Existe una extensa iconografía sobre las Ananas comosus, según la designación científica derivada del guaraní, que distingue la inigualable cáscara escamosa y las fuertes hojas en forma de corona espinosa. El uso regular por parte de los viajeros de este referente inició con las primeras crónicas destinadas a mostrar las riquezas del Nuevo Mundo, y, como nos recuerda esta exposición, ha continuado de forma generalizada en productos que prometen con una fuerte retórica, no muy lejana a las referencias históricas, la posesión y beneficios de un producto local, ya sea desde la cultura visual del consumo como por el mismo arte etiquetado como latinoamericano, al ser imágenes hechas para saciar el gusto colonizador. En el conjunto aquí presente, el exotismo es desplazado por un análisis material ante la vida, ya que este otro régimen de mirada repiensa los procesos y repercusiones sobre la tierra desde varias capas.

Desde lo alto de una estructura, un ser monstruoso, una plaga llamada coloquialmente el Picudo, es testigo de las acciones sobre un terreno específico. En este puesto de vigilancia, el protagonista de nuestra historia es capaz de observar y ser partícipe de un paisaje fragmentado. Su visión atiende a un punto de enlace entre dos cosas concretas (la ficción y la realidad, la naturaleza y lo artificial, lo artístico y lo científico). Se trata de una mirada no-humana, efectuada por un organismo resultado de procedimientos externos (y extremos) sobre un suelo antes diverso. 

Aquella obra del pintor holandés Frans Post, que registra parajes del nordeste brasileño con fines comerciales, bajo el resguardo del Picudo, reaparece incompleta, con vacíos que dan cuenta de la ausencia de una gran variedad de especies. La particularidad de la imagen original recae en que Post conjuntó plantas europeas y africanas (de colonias también holandesas) con las autóctonas brasileñas, como una suerte de defensa y orgullo imperialista. En cambio, en esta versión saqueada y mordisqueada, ha perdido el gran repertorio vegetal y animal. Lo mismo pasa con la naturaleza muerta de Albert Eckhout, otro autor que, además de las pinturas etnográficas de los Tapuyas, pintó una serie de naturalezas muertas, como sucede en esta obra, en la que la piña solía convivir con otras grandilocuentes frutas, y que ahora permanece sola ante el saqueo y exploración.

Un grupo de individuos acéfalos, con ojos y bocas en el pecho, custodia una tríada de falsos tesoros: Honey, Pink y Ruby Glow. Este conjunto de personas protagoniza la promoción del cultivo industrial de la piña y la desregularización del uso de agrotóxicos en Costa Rica: Freddy Solís Rivera, de la Distribuidora Inquisa y ASOAGRO-CR; Álvaro Sáenz, empresario coordinador de las comisión regulatoria agrícola nacional; Juan Rafael Lizano, promotor de la flexibilización de la venta de agroquímicos; Jorge Cartín, también parte del gremio que agrupa cámaras agrícolas y a la industria agrotóxica; y Román Macaya Hayes, empresario representante de la industria de genéricos que promueve desde la política la venta de genéricos dañinos.  A manera de blemios o ewaipanomas, es decir, seres que autores como André Thevet o Walter Raleigh retrataron con exageraciones fantasiosas en los libros de viaje, estas figuras encarnan una deformidad y rareza con fines de engaño. Se presentan como protectores de un territorio, cuando en realidad lo entregan a corporaciones para una extracción sin marcha atrás. Este mismo sentido de artificio y reapropiación se confirma en un mural que ostenta los beneficios de estas prácticas a través de una audaz propaganda, la cual utiliza sin tapujos el imaginario de una comunidad para ocultar las consecuencias de una voraz práctica.

Diana Barquero (San José, 1986) ha estudiado por varios años el enlace entre las construcciones visuales iniciadas durante la Conquista, en comparación con los usos contemporáneos de este potente símbolo. Desde una investigación centrada en la agroeconomía de la explotación, Barquero demuestra cómo la violencia de la plantación resulta un patrón constante para el colonialismo, que ha sido actualizado con total agresividad. El sistema que se revela es el de la botánica como arma científica, en el que la extracción de plantas está relacionada también con un despojo de tierras y de personas, pero también con la aparición de otro tipo de pequeños, pero importantes, personajes. Desde una narrativa que retoma el sentido híbrido de las descripciones de los viajeros europeos en América, estas obras develan estratos profundos de la agricultura capitalista, la cual se encuentra en una fase centrada en los monocultivos y el desarrollo de transgénicos. Con ello, exhibe las condiciones y repercusiones de estas injerencias, a partir de un lenguaje simbólico que forma parte de la historia visual y cultural de la piña, al mismo tiempo que da un giro a una simbología en su relación con diversos procesos químicos. Al retomar los grabados alegóricos del encuentro con los originales y los bodegones holandeses, la artista es capaz de entender que aquellos artilugios sobre las colonias se renuevan en sofisticadas cajas, como promesas que ocultan el verdadero sentido de tal producción, al sostener una economía tóxica que, tras un control e intervención, quema todo a su alrededor y sólo deja las huellas carbonizadas del fruto. 

Natalia de la Rosa

 

Un castillo a la orilla de tu cama de Daniela de la Torre

Un castillo a la orilla de tu cama

Daniela de la Torre
Acompañamiento curatorial de Gaby Cepeda

Del 6 de Junio

La práctica de Daniela de la Torre suele aparecer ante el público como una suerte de character arc, el dispositivo narrativo que hace que la transformación de un personaje de la ficción tenga sentido: empezó aquí, pero terminó acá, porque le ocurrió esto. Quizás eso sea más evidente en sus performances, que se componen de partes iguales de humor, pathosy el tipo de auto-observación que bebe del narcisismo de la era digital, pero que, viéndola con más curia, también es muy amiga de la energía nerviosa y adorable de los one-woman-showsde Liza Minelli o de Bette Middler.

 

El hero’s journeyde Dani es quizás demasiado intrincado para contar aquí fielmente, pero sabemos que recibió el llamado a la aventura de ser artista, un camino que está lleno de retos y tribulaciones con las que no deseamos hoy aburrir al visitante. No, esta exhibición la encuentra más bien en el momento de la revelación y la transformación: las vacilaciones y el sufrimiento han dado frutos, si acaso porque la han sabido conectar con aquello que es más valioso para ella. Dani encuentra instantes de paz, de calma, incluso de breve felicidad en su quehacer artístico, en las humildes actividades de bocetar, patronar, cortar, coser, montar, performar—en ese llevar las imágenes que habitan en su mente a la dimensión de lo real, de compartirlo con amigos y extraños, against all odds. También encuentra esos instantes en la colaboración cercana con amigos y con las mujeres de su familia: la exhibición está llena de objetos que contienen décadas de saber-hacer transmitidos entre tías, madres y abuelas.

 

Hubo un momento, no hace mucho tiempo, cuando la producción global de baratijas de plástico todavíano se habíaapoderado del mundo, que si querías algo lindo, algo nuevo que ponerte, un detallito para arreglar tu casa o para vender y sacar un dinerito extra, lo tenías que hacer tú. El primer paso era preguntarle cómo a tu hermana, tu vecina, tu comadre; el segundo era sacar de los cajones pilas de revistas tipo Labores del Hogar, que describen una colcha como “patchwork romántico, elegante y refinado”; y el tercero era sentarte a hacer y platicar, casi siempre alrededor de una mesa de la sala o de la cocina. Este cuerpo de obra, para Dani, la hizo encontrarse saber-hacer y esos modos de producción que se entrelazan íntimamente con su familia, quienes alentaron esas técnicas desde su niñez, y que hoy le dan consejos de composición, de puntadas y de paletas de color. También la ha encariñado con sus amigues, quienes le han regaládono sólo su tiempo y sus sábanas suaves y viejitas, pero su propia visión creativa, sus propios hero’s journeys.

 

Este Castillo se erige por todes elles. Y por Dani, que elige encarnar el cúmulo de sensaciones placenteras y tortuosas que significan hoy ser artista. Elige construir su propio reino de la imagen suave, un castillo blando que celebra la magia del arte y de la imagen, la brujería memética que sí es capaz de manifestar la realidad, pero que hoy sólo reproduce más del mismo status quo.El arte en este reino suave puede convertir lo imaginario en real, pero ahora sí, maybe, para algo bien—aunque sea para invocar ese sentido de identidad, de dignidad, de reivindicación de su existencia, que es lo que significa para Dani, el privilegio de ser visitada por el reino de las imágenes.

Gaby Cepeda

Mientras el dragón duerme de Mariana Palacios Maltos

Mientras el dragón duerme

Mariana Palacios Matos
Acompañamiento curatorial de Paloma Contreras Lomas

del 9 de abril al 20 de mayo

En “Mientras el dragón duerme” podemos observar una escenografía pelífera en donde quizás lo más sencillo sea imaginarnos el punto de vista de la artista siendo adolescente. Tendida en las texturas suaves de su alcoba, dentro de un castillo de cojines y pósters. Ahí, en la soledad que otorga el cuarto propio familiar, Mariana construyó distintos prismas alrededor del futuro, depositados en seres fantásticos montados en íconos pop dosmileros, que le mostraron posibilidades de una existencia más suave y tierna.  En esta muestra se invocan distintos espíritus: tías que bordan manteles para mesas miniatura que sostienen objetos sin intención, artículos del hogar que observan secretos de familia y sueños juveniles de color rosa, amistades que se antojan eternas, flecos al estilo emo, gloss, delineador negro y muchísimo pelo, simulando una arquitectura doméstica de cualquier living clasemediero mexicano, pero que no deja albergar algo fuera de lugar. Ahí, surge la misma extrañeza que nos susurra que estamos viendo algo familiar, pero que también, sin previo aviso, puede llevarnos a una dimensión desconocida dentro del sillón de la tele o del buró del recibidor.

La instalación de Palacios propone nostalgias donde la realidad era menos complicada, pero igualmente terrorífica. Horror que subyace bajo la bola de pelos que se atasca en la bañera, los que te obliga tu mamá a sacar de la coladera y que con suerte no traerán consigo algún demonio de la cañería. Ése mismo pelaje fue el que Mariana bajo su ritual de estética de la colonia, acondicionó, alisó y trenzó para mostrarnos su propia economía de los secretos, los cuales se convirtieron en adornos de casa que desbordan cursilería, pero que también contemplan en silencio cómplice. Ésta es la simulación de algunos artefactos de aquél cuarto infantil que deviene en púber, de una cotidianeidad que nos asfixia, pero quizás el último lugar donde nos sentimos con la posibilidad de soñar.

Lo bello es estremecedor.

Primavera 2026, Paloma Contreras Lomas

Penitencia de Belleza de cantina

Penitencia

Thania Díaz Belleza de Cantina
acompañamiento curatorial de Paloma Contreras Lomas

del 9 abril al 20 mayo 2026

Mi abuela Blanca Elena tuvo 11 partos. Mi mamá se llama Blanca Emma y le dicen Erika. Erika fue la quinta. Le dicen Erika porque a mi abuelo se le hinchó un huevo y después de tantos partos, y a la quinta Blanca, ya no importaba demasiado. La casa de cerámica colinda por el patio con la casa de Pancho Villa, ahí donde está el árbol. Matilde, mi tía quien fue el segundo parto de 11 y no se llama Blanca, tiene unos lentes originales de Pancho Villa. 

Como en toda familia mexicana, hubo un tío que le hizo firmar de manera a mi abuela las escrituras y al final se acabó chingando la casa y el rancho. Me gustaba mucho ir a esa casa a pasar los veranos, la recuerdo con mucho cariño e intenté repetirla pensando en que la violencia que había en ese momento en el norte del país, sobrepasaba las agresiones que vivieron esas mujeres que pasaron por esa morada de cerámica. Era preferible yacer en la barda que estaba al lado del Pancho Villa original, que salir a la masacre normalizada de esos tiempos. 

Mónica Ojeda dice que México es un país sadomasoquista. Las mujeres de mi familia lo confirman. Aunque recientemente he sentido que a mi mamá la salvaron los testigos de Jehová con eso de ser tan complaciente, con eso de andar contentando tanto pinche muerto. Como en la gran inundación que hubo en Parral en 2008, en donde los muertos del pueblo salieron de sus moradas para flotar entre los habitantes, entre los 11 partos, entre las 11 Blancas. Muertos flotantes que se aparecían como una profecía de lo que nos esperaba afuera de esa casa de cerámica. Escribo esto imaginándome que soy Thania en uno de esos veranos, en esa morada que era demasiado pequeña para nueve niños, porque dos se murieron, yo fui la décima que llegó mucho después. Éstas piezas son ramas que le crecieron a esas memorias, a esas violencias que traspasaron ésa misma casa que también viajó a la esquina del segundo cuarto de la galería. A la cual la acompañan piezas que simulan la promesa del castigo, qué es mucho peor que la penitencia. 

Escribo esto pensando que soy Thania, esperando la culpa heredada de esa madre 11 veces Blanca, de esos once partos que a veces se convierten en caras repetidas hasta el cansancio, juguetes anales y paisajes idílicos que luchan contra esa crueldad con la que crecí, con la que crecimos. Thania, Blanca, Matilde, Elena, Emma, once veces nacida, siempre migajera, nunca domesticada. 

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran soledad.

Primavera 2026, Paloma Contreras Lomas


Macehual, cantos de creación y memoria

Macehual:
Cantos de creación y memoria.

Mar Coyol

6 noviembre-18 enero

Mar Coyol realiza un acto de subversión y crítica a la tradición visual de los álbumes costumbristas y las galerías de tipos del siglo XIX, cuyo propósito era documentar y clasificar a los habitantes y sus oficios. A diferencia de los artistas viajeros, cuya mirada se centraba en la curiosidad europea por los elementos pintorescos de un paísconsiderado exótico, Coyol retrata la dignidad y resiliencia de personas de la comunidad LGBTTTIQ+ pertenecientes a las clases trabajadoras. De un modo semejante al Códice Florentino, Coyol procura dar voz y memoria aquellos que históricamente han sido relegados a los márgenes.

Al agrupar su serie bajo el término Macehual, no sólo exalta la raíz popular y la herencia anawaka de sus protagonistas, sino también su pertenencia a la base trabajadora, como portavoces de una opresión interseccional. Sus personajes confrontan al espectador con la compleja red de exclusión y violencia que atraviesa sus vidas, producto del cruce sistémico de racismo, sexismo, clasismo, transfobia y homofobia.

Cuando la moda y el diseño contemporáneo se apropian extractiva e indiscriminadamente de elementos estéticos y manufacturas ancestrales, ¿por qué habríamos de detenernos en el trabajo de una artista abocada al estudio de los símbolos de creaciones remotas? ¿Cuál sería el sentido de recuperar presencias ajenas al “desarrollo moderno”?

Las manos de Mar Coyol nos responden con decoro, al sostener un remo que no sólo impulsa el respeto por una serie de oficios como el del bogador de la ofrenda —la tlalmanalli—, sino que también nos invita a navegar a través de las tradiciones y los prejuicios que venimos activando a lo largo de nuestra historia.

Por ejemplo, más allá de ejercer su capacidad de producir para obtener una ganancia, una serie de orfebres deciden rescatar las raíces de rostros pretéritos, aparentemente olvidados. Es la expresión consciente, de una visión artística que decide retirarse las máscaras blancas o demoniacas, con que se ha intentado invisibilizar y ocultar a lxs representantes de lo diverso.

En un diálogo abierto y crítico con lxs artistas que reivindicaron la conexión de las culturas pasadas con la época actual, Coyol cuestiona los patrones con que se han configurado las visiones hegemónicas de la identidad laboral mexicana. Cuando enuncia que la “belleza está en nuestras raíces”, de un modo semejante al Códice Florentino, procura dar voz y memoria a aquellos que históricamente han sido relegados a los márgenes por alejarse de las normativas heterosexuales, tal es el caso de lxs cuiloni.

Al ingresar al tlaxcalchihuayolan, el lugar donde se hacen las tortillas, Mar Coyol no intenta regalarnos una mera escena cotidiana. En su lugar, realiza un acto de subversión a la práctica visual de los álbumes costumbristas y las galerías de tipos del siglo XIX, que pretendían documentar y clasificar a los habitantes y sus oficios. A la artista le interesa poner en relevancia los ciclos de creación y retribución antiguos, así como el valor del trabajo humano, especialmente la dignidad y resiliencia de personas de la comunidad LGBTTTIQ+, que se enfrentan a los estereotipados y excluyentes roles asignados.

El conjunto de parejas, en particular lxs minerxs, nos permiten comprender que al agrupar su serie bajo el término Macehual, Coyol no sólo exalta la raíz popular y la herencia anawaka de sus protagonistas, sino también su pertenencia a la maltratada base trabajadora; son portavoces de una opresión interseccional, corazones entristecidos por una vida marginada y violentada tanto en sus salarios como en sus afectos y sus orígenes.

Alzando un ataúd y un arreglo floral con la leyenda “nuestra existencia es imborrable”, sus personajes diversxs avanzan implacablemente para confrontar al espectador ante la compleja red de exclusión y agresiones que atraviesa y acaba con sus vidas, producto del cruce sistémico de racismo, sexismo, clasismo, transfobia y homofobia. Una situación por la que milenariamente trabajamos y enarbolamos cantos, para transformar así nuestro presente.

Carlos Segoviano