Horas de té: un texto sobre el performance de Gurrumatx.
Gurrumatx y Natalia Marmolejo
Texto de S. Rubli
Registro fotográfico de Sandra Blow
En mis pesadillas te quiero mucho
En mis pesadillas, te quiero más
Entona Natalia con maquillaje kabuki y un traje con forma de inmensa galleta de la fortuna
Mirada trampa para osos
Mi lengua pistilo
Jala de su tocado de galleta poesía escrita en un rollo de papel blanco. Lee y canta:
Temporada de huracanes
Me tragué mis palabras y estaban deliciosas
Lee la estrofa, la rasga el papel, me lo da.
Confieso que me enamoré de un veinteañero
Que sueño con un accidente especial
Se detiene tras leer a tenor semejante pedazos de confesión. Una espectadora se cubre la cara mientras toma la estrofa. Bebemos té de una copa rococó e intercambiamos miradas que delatan quien escribió previamente esa frase en un rollo de papel mientras esperaban a entrar el cuarto ajedrezado de Salón Silicón.
Cuadros y esculturas demasiado grandes para la bodega, junto con piezas recién enmarcadas, conforman el escenario alrededor de una mesa de té barroca servida con antigüedades de tianguis, galletas sobre vidrio de uranio, juguetes noventeros, muelas y teteras que, cada miércoles, se disponían como una vitrina de miniaturas.
Míster Fortuna nos da una galleta de la fortuna. Se lee “eres sueño olvidado”. Procede a presentarse como una de las infinitas encarnaciones/reiteraciones carnales de Gurrumatx- un cyborg a la inversa de Natalia. Y nos invita a nosotrxs, espectadores e insospechadxs participantes, en prestarle a Gurrumatx una prótesis biológica y permitirle habitar temporalmente en nuestro cuerpo humano para existir fuera de internet. Convertirse, por consenso y por juego, en soporte vivo.
“Y si tienen miedo a hacer el ridículo, sólo mírenme a mí” concluye la galleta de la fortuna gigante mientras nos invita a seguirle y empieza a cambiar de apariencia con todo lo que está alrededor.
Se despliega maquillaje, pelucas y bigotes, sombreros, hielocos, capas de vampiro, telas transparentes, dientes y sangre falsa, silicón, ojitos de plástico, tatuajes temporales, máscaras, guantes, trajes de baño, vestidos y accesorios para facilitar esa “posesión consensuada” entre unx y Gurrumatx. Más que disfrazarse, construir colectivamente una nueva posibilidad de existencia.
Invitamos a amigues, y artistas y desconocidos que llegaban sin saber de qué trataba el evento/performance. Esa falta de expectativa producía momentos genuinos: poesía automática, canciones que terminaban en testimonios personales, rimas con humor involuntario, personajes tétricos, ridículos y divertidos o una versión de alguien o muy distinta-como un ser de ropa- o muy genérico- como una señora fresa. Aparecieron también ideas recurrentes como estilizar los mismos lentes con la misma peluca, personas que, al descubrir que el ejercicio exigía renunciar al miedo al ridículo, preferían refugiarse detrás de una máscara de luchador.
Entonces emergen otras formas de habitar el cuerpo: timidez que se transforma en desinhibición, movimientos de baile cercanos al butoh, meneos suspendidos entre la vergüenza y la entrega. Era evidente la tensión entre la autoconsciencia y el momento en que ésta cedía al reconocer que todes estaban igualmente comprometides con el juego: cuasi-bailando al ritmo de música jazz persa rabajada mezclada con Taylor Swift en reversa, iluminades por las velas de la mesa, y al fondo, Gurrumata existiendo en internet a través de proyecciones sobre piezas de otrxs artistas.
Una fotografía instantánea preserva el recuerdo de cada personaje efímero.
Con el tiempo, la repetición del performance- unas 16 veces- reveló algunas cosas. La identidad no aparece, se negocia. A veces se expresa literal y otras involuntaria; se construye y se deconstruye; se afirma y se pone en duda. Es segura e insegura, original y ordinaria al mismo tiempo. Y se imagina y espejea de manera colectiva.
A través del consenso del juego, la renuncia al ridículo y la voluntad de explorar conscientemente otras formas de ser, emergen aspectos inesperadamente auténticos de quienes participaban. Hay una inocencia profunda en ese gesto, probarse una posibilidad sin la obligación de convertirla en destino, como quien juega antes de decidir qué significa decir “yo”. Al invitar a gurrumatearnos, Natalia, a través de Mister Fortuna, hizo visible que el yo no es una certeza, sino una ficción que hacemos juntxs, y cuya trasmutación es tan inevitable como el sueño que siempre termina.