¡Que te ruegue quien te quiera! Pablo Bondi

¡que te ruegue quien te quiera!

Pablo Bondi

Texto curatorial de Germán Paley

 

¡QUE TE RUEGUE QUIEN TE QUIERA!

de Pablo Bondi

I.

“Todas estas imágenes son registros de mi celular. Le saco fotos a lo que veo, a lo que me gusta, a lo que puede ser una pintura.

Mi celular guarda postales de experiencia: los diferentes tonos del pulque, reflejos del Centro, Frida y porro, neones que hablan, bodegones contemporáneos en la mesa de chela, la espalda como patrón (o, mejor aún, la espalda del patrón), obviamente vaqueros, capturas de app de ligue, cositas que pasan desapercibidas…

Me gusta ver mis fotos cuando no tengo wifi, suele pasarme a menudo, entonces me dedico a ver lo que ví y de ahí sale lo que pinto, un carrete de lo vivido, lo que sucede a la noche, lo que me identifica.

Postales de mi México. No hay ficción pero sí mucha fantasía.”

II.

La cantina como lugar seguro.

Barbas, espaldas anchas, pechos peludos, 

en comodidad y búsqueda libre.

Cuerpos mayores sin la tiranía de la pose.

Como un altar, cada detalle impone su magia:

ornamentos baratos en composiciones domésticas,

racimos de globos vistiendo el techo,

como una fiesta familiar

o la celebración del rebaño elegido.

La hipnotización al ritmo de los corridos,

tal vez, una balada

que brota de la rockola

inundando la atmósfera libre de rezos,

una iglesia en la que se puede beber:

la chela riega los encuentros.

Y yo observo y converso,

también procuro besos.

III.

¿Qué es la vida?

Lo que nos pasa o lo que se nos pasa.

Agarro el pincel para ir a contrapelo de la inercia acumuladora.

Buceo el archivo para recuperar el encantamiento del pulso, 

de la risa, la palabra compartida, la cruda, la intriga,

el paisaje, lo inentendible, las salidas,

la conquista, los brindis, el presente,

como regalo visual.

Eso que se esconde en mi carrete.

 

Horas de té: un texto del performance de Gurrumatx

Horas de té: un texto sobre el performance de Gurrumatx.

Gurrumatx y Natalia Marmolejo
Texto de S. Rubli 
Registro fotográfico de Sandra Blow

 

En mis pesadillas te quiero mucho

En mis pesadillas, te quiero más

Entona Natalia con maquillaje kabuki y un traje con forma de inmensa galleta de la fortuna

Mirada trampa para osos

Mi lengua pistilo

Jala de su tocado de galleta poesía escrita en un rollo de papel blanco. Lee y canta:

Temporada de huracanes

Me tragué mis palabras y estaban deliciosas

Lee la estrofa, la rasga el papel, me lo da. 

Confieso que me enamoré de un veinteañero

Que sueño con un accidente especial

Se detiene tras leer a tenor semejante pedazos de confesión. Una espectadora se cubre la cara mientras toma la estrofa. Bebemos té de una copa rococó e intercambiamos miradas que delatan quien escribió previamente esa frase en un rollo de papel mientras esperaban a entrar el cuarto ajedrezado de Salón Silicón.

Cuadros y esculturas demasiado grandes para la bodega, junto con piezas recién enmarcadas, conforman el escenario alrededor de una mesa de té barroca servida con antigüedades de tianguis, galletas sobre vidrio de uranio, juguetes noventeros, muelas y teteras que, cada miércoles, se disponían como una vitrina de miniaturas.

Míster Fortuna nos da una galleta de la fortuna. Se lee “eres sueño olvidado”. Procede a presentarse como una de las infinitas encarnaciones/reiteraciones carnales de Gurrumatx- un cyborg a la inversa de Natalia. Y nos invita a nosotrxs, espectadores e insospechadxs participantes, en prestarle a Gurrumatx una prótesis biológica y permitirle habitar temporalmente en nuestro cuerpo humano para existir fuera de internet. Convertirse, por consenso y por juego, en soporte vivo.

“Y si tienen miedo a hacer el ridículo, sólo mírenme a mí” concluye la galleta de la fortuna gigante mientras nos invita a seguirle y empieza a cambiar de apariencia con todo lo que está alrededor.

Se despliega maquillaje, pelucas y bigotes, sombreros, hielocos, capas de vampiro, telas transparentes, dientes y sangre falsa, silicón, ojitos de plástico, tatuajes temporales, máscaras, guantes, trajes de baño, vestidos y accesorios para facilitar esa “posesión consensuada” entre unx y Gurrumatx. Más que disfrazarse,  construir colectivamente una nueva posibilidad de existencia.

Invitamos a amigues, y artistas y desconocidos que llegaban sin saber de qué trataba el evento/performance. Esa falta de expectativa producía momentos genuinos: poesía automática, canciones que terminaban en testimonios personales, rimas con humor involuntario, personajes tétricos, ridículos y divertidos o una versión de alguien o muy distinta-como un ser de ropa- o muy genérico- como una señora fresa. Aparecieron también ideas recurrentes como estilizar los mismos lentes con la misma peluca, personas que, al descubrir que el ejercicio exigía renunciar al miedo al ridículo, preferían refugiarse detrás de una máscara de luchador.

Entonces emergen otras formas de habitar el cuerpo: timidez que se transforma en desinhibición, movimientos de baile cercanos al butoh, meneos suspendidos entre la vergüenza y la entrega. Era evidente la tensión entre la autoconsciencia y el momento en que ésta cedía al reconocer que todes estaban igualmente comprometides con el juego: cuasi-bailando al ritmo de música jazz persa rabajada mezclada con Taylor Swift en reversa, iluminades por las velas de la mesa, y al fondo, Gurrumata existiendo en internet a través de proyecciones sobre piezas de otrxs artistas.

Una fotografía instantánea preserva el recuerdo de cada personaje efímero. 

Con el tiempo, la repetición del performance- unas 16 veces- reveló algunas cosas. La identidad no aparece, se negocia. A veces se expresa literal y otras involuntaria; se construye y se deconstruye; se afirma y se pone en duda. Es segura e insegura, original y ordinaria al mismo tiempo. Y  se imagina y espejea de manera colectiva.

A través del consenso del juego, la renuncia al ridículo y la voluntad de explorar conscientemente otras formas de ser, emergen aspectos inesperadamente auténticos de quienes participaban. Hay una inocencia profunda en ese gesto, probarse una posibilidad sin la obligación de convertirla en destino, como quien juega antes de decidir qué significa decir “yo”. Al invitar a gurrumatearnos, Natalia, a través de Mister Fortuna, hizo visible que el yo no es una certeza, sino una ficción que hacemos juntxs, y cuya trasmutación es tan inevitable como el sueño que siempre termina.

Ananá: La historia de una excelentísima fruta de Diana Barquero


Ananás: La historia de una excelentísima fruta

Diana Barquero

Texto curatorial de Natalia de la Rosa

Ananá, piña, abacaxi, matzatli son algunos de los nombres con los que se conoce a esta fruta originaria del sur americano. A su llegada, los conquistadores señalaron la importancia de estos alimentos para las comunidades amerindias y otras más que poblaban estos lares, como lo demuestran vasijas y otros restos materiales encontrados. Existe una extensa iconografía sobre las Ananas comosus, según la designación científica derivada del guaraní, que distingue la inigualable cáscara escamosa y las fuertes hojas en forma de corona espinosa. El uso regular por parte de los viajeros de este referente inició con las primeras crónicas destinadas a mostrar las riquezas del Nuevo Mundo, y, como nos recuerda esta exposición, ha continuado de forma generalizada en productos que prometen con una fuerte retórica, no muy lejana a las referencias históricas, la posesión y beneficios de un producto local, ya sea desde la cultura visual del consumo como por el mismo arte etiquetado como latinoamericano, al ser imágenes hechas para saciar el gusto colonizador. En el conjunto aquí presente, el exotismo es desplazado por un análisis material ante la vida, ya que este otro régimen de mirada repiensa los procesos y repercusiones sobre la tierra desde varias capas.

Desde lo alto de una estructura, un ser monstruoso, una plaga llamada coloquialmente el Picudo, es testigo de las acciones sobre un terreno específico. En este puesto de vigilancia, el protagonista de nuestra historia es capaz de observar y ser partícipe de un paisaje fragmentado. Su visión atiende a un punto de enlace entre dos cosas concretas (la ficción y la realidad, la naturaleza y lo artificial, lo artístico y lo científico). Se trata de una mirada no-humana, efectuada por un organismo resultado de procedimientos externos (y extremos) sobre un suelo antes diverso. 

Aquella obra del pintor holandés Frans Post, que registra parajes del nordeste brasileño con fines comerciales, bajo el resguardo del Picudo, reaparece incompleta, con vacíos que dan cuenta de la ausencia de una gran variedad de especies. La particularidad de la imagen original recae en que Post conjuntó plantas europeas y africanas (de colonias también holandesas) con las autóctonas brasileñas, como una suerte de defensa y orgullo imperialista. En cambio, en esta versión saqueada y mordisqueada, ha perdido el gran repertorio vegetal y animal. Lo mismo pasa con la naturaleza muerta de Albert Eckhout, otro autor que, además de las pinturas etnográficas de los Tapuyas, pintó una serie de naturalezas muertas, como sucede en esta obra, en la que la piña solía convivir con otras grandilocuentes frutas, y que ahora permanece sola ante el saqueo y exploración.

Un grupo de individuos acéfalos, con ojos y bocas en el pecho, custodia una tríada de falsos tesoros: Honey, Pink y Ruby Glow. Este conjunto de personas protagoniza la promoción del cultivo industrial de la piña y la desregularización del uso de agrotóxicos en Costa Rica: Freddy Solís Rivera, de la Distribuidora Inquisa y ASOAGRO-CR; Álvaro Sáenz, empresario coordinador de las comisión regulatoria agrícola nacional; Juan Rafael Lizano, promotor de la flexibilización de la venta de agroquímicos; Jorge Cartín, también parte del gremio que agrupa cámaras agrícolas y a la industria agrotóxica; y Román Macaya Hayes, empresario representante de la industria de genéricos que promueve desde la política la venta de genéricos dañinos.  A manera de blemios o ewaipanomas, es decir, seres que autores como André Thevet o Walter Raleigh retrataron con exageraciones fantasiosas en los libros de viaje, estas figuras encarnan una deformidad y rareza con fines de engaño. Se presentan como protectores de un territorio, cuando en realidad lo entregan a corporaciones para una extracción sin marcha atrás. Este mismo sentido de artificio y reapropiación se confirma en un mural que ostenta los beneficios de estas prácticas a través de una audaz propaganda, la cual utiliza sin tapujos el imaginario de una comunidad para ocultar las consecuencias de una voraz práctica.

Diana Barquero (San José, 1986) ha estudiado por varios años el enlace entre las construcciones visuales iniciadas durante la Conquista, en comparación con los usos contemporáneos de este potente símbolo. Desde una investigación centrada en la agroeconomía de la explotación, Barquero demuestra cómo la violencia de la plantación resulta un patrón constante para el colonialismo, que ha sido actualizado con total agresividad. El sistema que se revela es el de la botánica como arma científica, en el que la extracción de plantas está relacionada también con un despojo de tierras y de personas, pero también con la aparición de otro tipo de pequeños, pero importantes, personajes. Desde una narrativa que retoma el sentido híbrido de las descripciones de los viajeros europeos en América, estas obras develan estratos profundos de la agricultura capitalista, la cual se encuentra en una fase centrada en los monocultivos y el desarrollo de transgénicos. Con ello, exhibe las condiciones y repercusiones de estas injerencias, a partir de un lenguaje simbólico que forma parte de la historia visual y cultural de la piña, al mismo tiempo que da un giro a una simbología en su relación con diversos procesos químicos. Al retomar los grabados alegóricos del encuentro con los originales y los bodegones holandeses, la artista es capaz de entender que aquellos artilugios sobre las colonias se renuevan en sofisticadas cajas, como promesas que ocultan el verdadero sentido de tal producción, al sostener una economía tóxica que, tras un control e intervención, quema todo a su alrededor y sólo deja las huellas carbonizadas del fruto. 

Natalia de la Rosa

 

Un castillo a la orilla de tu cama de Daniela de la Torre

Un castillo a la orilla de tu cama

Daniela de la Torre
Acompañamiento curatorial de Gaby Cepeda

Del 6 de Junio

La práctica de Daniela de la Torre suele aparecer ante el público como una suerte de character arc, el dispositivo narrativo que hace que la transformación de un personaje de la ficción tenga sentido: empezó aquí, pero terminó acá, porque le ocurrió esto. Quizás eso sea más evidente en sus performances, que se componen de partes iguales de humor, pathosy el tipo de auto-observación que bebe del narcisismo de la era digital, pero que, viéndola con más curia, también es muy amiga de la energía nerviosa y adorable de los one-woman-showsde Liza Minelli o de Bette Middler.

 

El hero’s journeyde Dani es quizás demasiado intrincado para contar aquí fielmente, pero sabemos que recibió el llamado a la aventura de ser artista, un camino que está lleno de retos y tribulaciones con las que no deseamos hoy aburrir al visitante. No, esta exhibición la encuentra más bien en el momento de la revelación y la transformación: las vacilaciones y el sufrimiento han dado frutos, si acaso porque la han sabido conectar con aquello que es más valioso para ella. Dani encuentra instantes de paz, de calma, incluso de breve felicidad en su quehacer artístico, en las humildes actividades de bocetar, patronar, cortar, coser, montar, performar—en ese llevar las imágenes que habitan en su mente a la dimensión de lo real, de compartirlo con amigos y extraños, against all odds. También encuentra esos instantes en la colaboración cercana con amigos y con las mujeres de su familia: la exhibición está llena de objetos que contienen décadas de saber-hacer transmitidos entre tías, madres y abuelas.

 

Hubo un momento, no hace mucho tiempo, cuando la producción global de baratijas de plástico todavíano se habíaapoderado del mundo, que si querías algo lindo, algo nuevo que ponerte, un detallito para arreglar tu casa o para vender y sacar un dinerito extra, lo tenías que hacer tú. El primer paso era preguntarle cómo a tu hermana, tu vecina, tu comadre; el segundo era sacar de los cajones pilas de revistas tipo Labores del Hogar, que describen una colcha como “patchwork romántico, elegante y refinado”; y el tercero era sentarte a hacer y platicar, casi siempre alrededor de una mesa de la sala o de la cocina. Este cuerpo de obra, para Dani, la hizo encontrarse saber-hacer y esos modos de producción que se entrelazan íntimamente con su familia, quienes alentaron esas técnicas desde su niñez, y que hoy le dan consejos de composición, de puntadas y de paletas de color. También la ha encariñado con sus amigues, quienes le han regaládono sólo su tiempo y sus sábanas suaves y viejitas, pero su propia visión creativa, sus propios hero’s journeys.

 

Este Castillo se erige por todes elles. Y por Dani, que elige encarnar el cúmulo de sensaciones placenteras y tortuosas que significan hoy ser artista. Elige construir su propio reino de la imagen suave, un castillo blando que celebra la magia del arte y de la imagen, la brujería memética que sí es capaz de manifestar la realidad, pero que hoy sólo reproduce más del mismo status quo.El arte en este reino suave puede convertir lo imaginario en real, pero ahora sí, maybe, para algo bien—aunque sea para invocar ese sentido de identidad, de dignidad, de reivindicación de su existencia, que es lo que significa para Dani, el privilegio de ser visitada por el reino de las imágenes.

Gaby Cepeda

Mientras el dragón duerme de Mariana Palacios Maltos

Mientras el dragón duerme

Mariana Palacios Matos
Acompañamiento curatorial de Paloma Contreras Lomas

del 9 de abril al 20 de mayo

En “Mientras el dragón duerme” podemos observar una escenografía pelífera en donde quizás lo más sencillo sea imaginarnos el punto de vista de la artista siendo adolescente. Tendida en las texturas suaves de su alcoba, dentro de un castillo de cojines y pósters. Ahí, en la soledad que otorga el cuarto propio familiar, Mariana construyó distintos prismas alrededor del futuro, depositados en seres fantásticos montados en íconos pop dosmileros, que le mostraron posibilidades de una existencia más suave y tierna.  En esta muestra se invocan distintos espíritus: tías que bordan manteles para mesas miniatura que sostienen objetos sin intención, artículos del hogar que observan secretos de familia y sueños juveniles de color rosa, amistades que se antojan eternas, flecos al estilo emo, gloss, delineador negro y muchísimo pelo, simulando una arquitectura doméstica de cualquier living clasemediero mexicano, pero que no deja albergar algo fuera de lugar. Ahí, surge la misma extrañeza que nos susurra que estamos viendo algo familiar, pero que también, sin previo aviso, puede llevarnos a una dimensión desconocida dentro del sillón de la tele o del buró del recibidor.

La instalación de Palacios propone nostalgias donde la realidad era menos complicada, pero igualmente terrorífica. Horror que subyace bajo la bola de pelos que se atasca en la bañera, los que te obliga tu mamá a sacar de la coladera y que con suerte no traerán consigo algún demonio de la cañería. Ése mismo pelaje fue el que Mariana bajo su ritual de estética de la colonia, acondicionó, alisó y trenzó para mostrarnos su propia economía de los secretos, los cuales se convirtieron en adornos de casa que desbordan cursilería, pero que también contemplan en silencio cómplice. Ésta es la simulación de algunos artefactos de aquél cuarto infantil que deviene en púber, de una cotidianeidad que nos asfixia, pero quizás el último lugar donde nos sentimos con la posibilidad de soñar.

Lo bello es estremecedor.

Primavera 2026, Paloma Contreras Lomas

Penitencia de Belleza de cantina

Penitencia

Thania Díaz Belleza de Cantina
acompañamiento curatorial de Paloma Contreras Lomas

del 9 abril al 20 mayo 2026

Mi abuela Blanca Elena tuvo 11 partos. Mi mamá se llama Blanca Emma y le dicen Erika. Erika fue la quinta. Le dicen Erika porque a mi abuelo se le hinchó un huevo y después de tantos partos, y a la quinta Blanca, ya no importaba demasiado. La casa de cerámica colinda por el patio con la casa de Pancho Villa, ahí donde está el árbol. Matilde, mi tía quien fue el segundo parto de 11 y no se llama Blanca, tiene unos lentes originales de Pancho Villa. 

Como en toda familia mexicana, hubo un tío que le hizo firmar de manera a mi abuela las escrituras y al final se acabó chingando la casa y el rancho. Me gustaba mucho ir a esa casa a pasar los veranos, la recuerdo con mucho cariño e intenté repetirla pensando en que la violencia que había en ese momento en el norte del país, sobrepasaba las agresiones que vivieron esas mujeres que pasaron por esa morada de cerámica. Era preferible yacer en la barda que estaba al lado del Pancho Villa original, que salir a la masacre normalizada de esos tiempos. 

Mónica Ojeda dice que México es un país sadomasoquista. Las mujeres de mi familia lo confirman. Aunque recientemente he sentido que a mi mamá la salvaron los testigos de Jehová con eso de ser tan complaciente, con eso de andar contentando tanto pinche muerto. Como en la gran inundación que hubo en Parral en 2008, en donde los muertos del pueblo salieron de sus moradas para flotar entre los habitantes, entre los 11 partos, entre las 11 Blancas. Muertos flotantes que se aparecían como una profecía de lo que nos esperaba afuera de esa casa de cerámica. Escribo esto imaginándome que soy Thania en uno de esos veranos, en esa morada que era demasiado pequeña para nueve niños, porque dos se murieron, yo fui la décima que llegó mucho después. Éstas piezas son ramas que le crecieron a esas memorias, a esas violencias que traspasaron ésa misma casa que también viajó a la esquina del segundo cuarto de la galería. A la cual la acompañan piezas que simulan la promesa del castigo, qué es mucho peor que la penitencia. 

Escribo esto pensando que soy Thania, esperando la culpa heredada de esa madre 11 veces Blanca, de esos once partos que a veces se convierten en caras repetidas hasta el cansancio, juguetes anales y paisajes idílicos que luchan contra esa crueldad con la que crecí, con la que crecimos. Thania, Blanca, Matilde, Elena, Emma, once veces nacida, siempre migajera, nunca domesticada. 

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran soledad.

Primavera 2026, Paloma Contreras Lomas


Tonada de lluvia de Bea Millón

Tonada de lluvia

Bea Millón

Del 4 de febrero al 8 de febrero

“Vamos a ganar, me lo dijo el río.” Berta Caceres (1971-2016).

Existe una guerra contra el agua iniciada mucho antes de que tú y yo naciéramos, marcada por innumerables comienzos y colapsos en medio. Se ha desplegado de forma expansiva llevándonos hacia el estrés hídrico irreversible y a un nuevo ordenamiento climático del planeta. Tanto las aguas del cielo, como las que atraviesan las rocas se han visto implicadas. Mercancía y recurso político despilfarrado. Desde la extinción de los glaciares hasta el entubamiento de ríos pestilentes, pasando por la acidificación de los océanos. El desvío tangible y semiótico del agua repercute en todas las políticas de la vida y la muerte. No obstante, en este absurdo campo de batalla hay delirios que valen la pena. El de Bea Millón es uno de ellos.

Millón presenta en Salón Silicón “Tonada de lluvia”, una escultura de gran formato que también es un suceso. Siguiendo su característica metodología de trabajo situada y colaborativa, Millón se entrega con obsesiva pasión a recolectar lodo de diversos cuerpos de agua de la Ciudad de México y a esculpir una gran fuente y receptáculo sonoro. Como un acto de amor a las aguas que caen del cielo y a aquellas que se resguardan debajo del suelo, la artista presenta un intrincado mecanismo hidráulico de cerámica que propaga el sonido de la lluvia y la resguarda. El sonido, si no lo escuchas es porque está en latencia; depende de las circunstancias y la paciencia. Un llamado preparativo para la siguiente temporada de chubascos.

Al encontrarse con una escultura como ésta, el cuerpo propio es un referente sensato. Recorrerla, acercarse, escucharla de lejos, verla de espaldas, susurrarle un secreto o activar uno de los cinco cántaros colocados en la base son solo algunas de las acciones que podemos hacer como espectadores-participantes. La primera vez que la montamos alguien constató “es rara” pero es su extrañeza la que captura nuestra atención y no la

suelta. Su ensamblaje suspende la lógica porque busca infiltrarse y desarmarla. Propone una otra-lógica hecha de arcilla, contrapesos y voluntades. Bombea contingencias y alberga alternativas. Y es que Millón esculpe pero también ensambla sentidos: los yuxtapone.
Mientras pasamos más tiempo con la pieza, la circularidad de los cuerpos que la componen nos ofrece un chapuzón al espiral de las caricias suaves. El contraste de tonos y dimensiones de sus partes es una oportunidad tan erótica como política. Parte de la relación que Millón guarda con la cerámica, pues rinde homenaje a las técnicas tradicionales a la par que las reta y las lleva al límite. Soslaya la gravedad. Propone en su escultura la confluencia de disidencias, la humedad compartida y un placer sin disculpas.

Por Esteban Silva

 

Diseño del sistema mecánico-hidráulico por Rodrigo Yael Rubio Ortiz.
Asistentes de producción: Silvan Cerviño del Río, Melanie Buntichai, Santiago Andres Viale, Celeste Méndez
Un especial agradecimiento a Lulu V.Barrera, Dairee Ramírez, Diana Barquero, Elena Solís, Esteban Silva, Libertad Castillo.

Un Jardín Propio de Alan Hernández

Un jardín propio

Alan Hernández

del 2 de febrero al 15 de marzo

Venus victrix verticordia

Todo estaba callado cuando debajo de la cama, de pronto, nació una laguna. Lo supe porque los vapores celestes se colaban entre las cobijas y tuve miedo de mirar hacia abajo, miedo de ser yo misma la creación de esas aguas. Porque no recordaba quién era ni de dónde venía y mi único recuerdo era esa cama. Me sentía nueva y profundamente sola como nacida de esa laguna que destellaba como si fuera pedrería y no del vientre de una madre.

Tampoco tenía hermanas ni hermanos. O, al menos, al inicio no fueron visibles.

 

II

El sol brillaba bermellón y era tan hermoso que hubiéramos querido que fuera creación nuestra. Nuestras mentes podían inventar cosas bellas como esas, pero también terribles como nuestros ojos de bicho y estos cuchillos rasposos que nos crecen entre las patas y que añoramo enterrar en todo, en ese sol, en esta laguna, para preñar el mundo de cosas idénticas a nosotras.

Deseábamos desesperadamente embadurnar nuestros pistilos de esa sangre celeste, reproducirnos como bacterias y plagar el mundo de nuestra rabia. Y perfumarlo de manera floral, hasta que volviera a nacer de nuevo.

 

III

También inventamos flores que parecían mariposas, capaces de pensar como nosotras. El agua bullía cada vez que hacíamos nacer algo. Esas

rosas hechas de lengua, esa carne venenosa y amable que se frotaba y se lamía, aunque viniera del mismo cuerpo.

Esas rosas no necesitaban de nadie para darse placer. Yo fui su primera inventora, y a su vez, yo era invención de esa laguna cuyas aguas eran

insondables para mí. No conocía su fondo ni su fauna, y me limité al hecho sencillo de su contemplación.

 

 

IV

Sobre mí se aparean dos pájaros granate. Estoy sola de nuevo. Mis hermanas tomaron el mundo y me dejaron aquí. Apenas salieron, el afuera las consumió por completo. Confundí sus gemidos con su rabia y no pude ayudarlas. Ahora la laguna quiere mostrarme su entraña y no tengo nada que perder, así que me arrojo, vencida por la muerte de las otras, por la soledad, y un placer inaudito me recibe. El placer del origen, dedejar de ser yo, al fin.

No sé si mi cabeza ha dejado de pensar o si cae al suelo y rueda lejos mío. No me levanto, me dejo mecer por la espuma y el mundo comienza de nuevo.

Clyo Mendoza

Macehual, cantos de creación y memoria

Macehual:
Cantos de creación y memoria.

Mar Coyol

6 noviembre-18 enero

Mar Coyol realiza un acto de subversión y crítica a la tradición visual de los álbumes costumbristas y las galerías de tipos del siglo XIX, cuyo propósito era documentar y clasificar a los habitantes y sus oficios. A diferencia de los artistas viajeros, cuya mirada se centraba en la curiosidad europea por los elementos pintorescos de un paísconsiderado exótico, Coyol retrata la dignidad y resiliencia de personas de la comunidad LGBTTTIQ+ pertenecientes a las clases trabajadoras. De un modo semejante al Códice Florentino, Coyol procura dar voz y memoria aquellos que históricamente han sido relegados a los márgenes.

Al agrupar su serie bajo el término Macehual, no sólo exalta la raíz popular y la herencia anawaka de sus protagonistas, sino también su pertenencia a la base trabajadora, como portavoces de una opresión interseccional. Sus personajes confrontan al espectador con la compleja red de exclusión y violencia que atraviesa sus vidas, producto del cruce sistémico de racismo, sexismo, clasismo, transfobia y homofobia.

Cuando la moda y el diseño contemporáneo se apropian extractiva e indiscriminadamente de elementos estéticos y manufacturas ancestrales, ¿por qué habríamos de detenernos en el trabajo de una artista abocada al estudio de los símbolos de creaciones remotas? ¿Cuál sería el sentido de recuperar presencias ajenas al “desarrollo moderno”?

Las manos de Mar Coyol nos responden con decoro, al sostener un remo que no sólo impulsa el respeto por una serie de oficios como el del bogador de la ofrenda —la tlalmanalli—, sino que también nos invita a navegar a través de las tradiciones y los prejuicios que venimos activando a lo largo de nuestra historia.

Por ejemplo, más allá de ejercer su capacidad de producir para obtener una ganancia, una serie de orfebres deciden rescatar las raíces de rostros pretéritos, aparentemente olvidados. Es la expresión consciente, de una visión artística que decide retirarse las máscaras blancas o demoniacas, con que se ha intentado invisibilizar y ocultar a lxs representantes de lo diverso.

En un diálogo abierto y crítico con lxs artistas que reivindicaron la conexión de las culturas pasadas con la época actual, Coyol cuestiona los patrones con que se han configurado las visiones hegemónicas de la identidad laboral mexicana. Cuando enuncia que la “belleza está en nuestras raíces”, de un modo semejante al Códice Florentino, procura dar voz y memoria a aquellos que históricamente han sido relegados a los márgenes por alejarse de las normativas heterosexuales, tal es el caso de lxs cuiloni.

Al ingresar al tlaxcalchihuayolan, el lugar donde se hacen las tortillas, Mar Coyol no intenta regalarnos una mera escena cotidiana. En su lugar, realiza un acto de subversión a la práctica visual de los álbumes costumbristas y las galerías de tipos del siglo XIX, que pretendían documentar y clasificar a los habitantes y sus oficios. A la artista le interesa poner en relevancia los ciclos de creación y retribución antiguos, así como el valor del trabajo humano, especialmente la dignidad y resiliencia de personas de la comunidad LGBTTTIQ+, que se enfrentan a los estereotipados y excluyentes roles asignados.

El conjunto de parejas, en particular lxs minerxs, nos permiten comprender que al agrupar su serie bajo el término Macehual, Coyol no sólo exalta la raíz popular y la herencia anawaka de sus protagonistas, sino también su pertenencia a la maltratada base trabajadora; son portavoces de una opresión interseccional, corazones entristecidos por una vida marginada y violentada tanto en sus salarios como en sus afectos y sus orígenes.

Alzando un ataúd y un arreglo floral con la leyenda “nuestra existencia es imborrable”, sus personajes diversxs avanzan implacablemente para confrontar al espectador ante la compleja red de exclusión y agresiones que atraviesa y acaba con sus vidas, producto del cruce sistémico de racismo, sexismo, clasismo, transfobia y homofobia. Una situación por la que milenariamente trabajamos y enarbolamos cantos, para transformar así nuestro presente.

Carlos Segoviano

W.C Karl Frías

W.C.

Karl Frías García Curaduría de Rojo Génesis

29 de enero al 15 de Marzo

En el contexto del arte contemporáneo mexicano, donde algunas de las prácticas artísticas de lo trans han encontrado en los espacios, W.C la muestra se inscribe en una investigación artística en torno al cuerpo transmasculino entendido como materia plástica, fasciación y en constante negociación con los dispositivos arquitectónicos y sociales que regulan su sostenibilidad material.

A través de dibujo, escultura, instalación, pintura y fotografía, Frías aborda la transformación corporal no como tránsito lineal, sino como condición permanente. Su práctica dialoga con el fenómeno biológico de la fasciación vegetal, en el marco del paisaje urbano, particularmente en los cactus, donde el crecimiento se desborda de su eje “natural” debido a alteraciones genéticas, ambientales o traumáticas. Esta anomalía orgánica se convierte en una metáfora material del cuerpo transmasculino: un cuerpo que crece fuera de la forma esperada, adaptándose y persistiendo en contextos que no fueron diseñados para su existencia.

El título W.C fragmenta la lectura funcional del signo y activa el baño público como espacio liminal, situado entre lo íntimo y lo colectivo y frente a dos narrativas persistentes cuando hablamos de este espacio: la estética homosexual y la narrativa del histórico pánico moral hacia mujeres trans en la que se han abierto múltiples conversaciones y tensiones dentro las instituciones de derechos humanos. En este sentido, la exposición se distancia deliberadamente de los discursos de estos ejes, no porque no sean relevantes, sino porque estamos frente a otra práctica para situarse en una lectura estética de la experiencia: el baño como lugar de exposición, vigilancia, encuentro y desbordamiento plástico. 

En su totalidad, W. C para mi, se inscribe además de en otra fase del trabajo del artista, en una generación del arte contemporáneo mexicano que entiende la experiencia de la masculinidad y la carne como método estético. La obra de Karl Frías García propone entonces pensar el cuerpo transmasculino como un territorio definitivamente donde la carne siempre está en tensión con los espacios que lo intentan contener.

 

Rojo Génesis 2026